Jose Luis Alvite

 

Fai un tiempu, J. comentóme que nunca lleera nada d’un autor, llamémoslu X., y que tenía muncha gana. Yo díxe-y qu’aforrare’l trabayu, que podía lleer al orixinal, Jose Luis Alvite, y dexar de llau la copia. Ye’l típicu comentariu marca de la casa, a medies verdá a medies faltosu, porque yera un enrestrador de metáfores en forma rellatu, pero abluqué cuando me dixo que ¡nunca oyera falar d’Alvite!.

Bien, una presentación: equí un llector, equí Jose Luis Alvite, DIOS.

Siguíalu cuando sacaba la columna en La Nueva España, Áspero y sentimental, cola so galería de perdedores a recostines y les sos metáfores precises ya imposibles. Contaba les hestories del Savoy, un sitiu onde’l barman tenía un pañu azul pa les manches corrientes y otru coloráu pa les del sangre, onde la muerte considérase vida social.

Hai, que yo sepa, dos llibros que recopilen estes hestories de diariu y radio.

Ye un maestru nes descripciones, con cuatro pincelaes namás. Y ye un autor tremendamente citable, siempres faciendo malabarismos col llinguaxe qu’usa, capaz d’escribir microrrellatos perfectos dientro de les sos columnes.

Una de esas raras mujeres de las que el columnista Chester Newman dice que merecerían el honor de ser portada del código penal (…) una de esas mujeres que parecen haber aseado el rostro con el agua de enjuagar el pubis. Era joven y saludable, pero había en su expresión un deje de amargo escepticismo, una contenida tristeza sin miseria, algo que si no fuese un leve y estilizado cansancio, tranquilamente podría ser un remordimiento.

Maria Teresa Fernández de la Vega tiene una vacilante feminidad de mujer en cuya deshidratación van apareciendo, como marroquinería, los rasgos de Clint Eastwood.

Un tipo tierno y resuelto al que le sienta el traje como una orquídea plantada en un portazo.

Trabajaba no se sabía muy bien de qué, en algún lugar lejano al que se llegaba “cambiando dos veces de autobús y de raza”.

Desde que se encontró el corazón en el pañuelo de los mocos, la muerte le tiene muy ocupado, dijo (…). Ya no estamos en esa edad en la que los jóvenes al esfuerzo no le llaman rehabilitación, como nosotros, cielo, sino deporte. Por desgracia, el sentido común consiste en aceptar que los besos ya no tengan el sabor de las cerezas, sino el regusto de la quimioterapia.

Acepto que hay escritores sin rencor y sin ira pero aunque resulte vulgar y pueda parecer injusto, en mi opinión la obra de Santa Teresa pertenece más a la parafarmacia que a la poesía porque no tenía vicios ni había probado suerte en sociedad.

No sé muchas cosas de mi padre, un tipo que a los treinta y cinco años presumía de haber quemado cuatro matrimonios y quince embragues.

Sus frases son cortas y urgentes como golpes de tos. Es como si hubiese aprendido a escribir a oscuras en un papel en llamas.

No me importa que sigas escribiendo, Francis, pero quiero que tengas presente que de tus cartas, cielo, lo único verdaderamente interesante es el cartero.

Cuando las caries arruinaron definitivamente su dentadura y masticaba la carne con un martillo, la corista Glenda Laviano era feliz sonriéndole al ciego de la esquina.

Ya sé que la cultura es una cosa interesante y un recurso valioso para sacar adelante los tiempos muertos durante la cena, pero, sinceramente, a mí lo que me estremece es que a una mujer inteligente se le empañen las gafas con el miserable y personalizado vaho de las ingles.

La vida es más soportable, cielo, si aceptas que lo mejor de tus sueños suele ser la cama en la que despiertas de ellos.

En las estribaciones de la vejez echarás de menos aquellos días de franqueza sin higiene, cuando dudabas si enseñarle la garganta al otorrino o al urólogo.

En este país de audaces, alguien tendrá que valorar de una vez por todas la enorme voluntad que se necesita para no caer en la tentación de escribir una novela.

A la fin regale-y Almas del nueve largo a J. diciendo que, con que-y preste la mitá qu’a min, ye abondo.

Si se te ocurriese pasar por el Savoy, al final de la noche pídele a Larry Williams que toque al menos el boceto de aquella cosa desencantada y hermosa que le dictó a su piano la madrugada en la que Tonino Fiore le hizo a Kitty Carter el inmenso favor de romper con ella. Se titula “A 50 dólares de aquí” y es una de las pocas cosas que el viejo Larry jamás toca sin haber afinado de azul las yemas de los dedos con la tiza del billar. Lo hace para reproducir al pie de la letra en su piano la amarga carambola de los pasos de Kitty la noche en que la novia de Fiore se despidió de los muchachos para siempre.

7 Comentarios

Filed under Llectures y notes

7 responses to “Jose Luis Alvite

  1. Alba

    Hay una canción en el tercer disco de Ismael Serrano, “Los paraísos desiertos”, que se llama precisamente “Una historia de Alvite” y pone música a una de esas muchas leyendas del Savoy.

  2. joseluisrendueles

    No la conozco. Gracias, Alba, pongo la mula a trabajar el tema, je, je.

    Abrazo.

  3. Héctor Pérez Iglesias

    Ensin dulda un crack: yo téngolo escuchao pela radio, y amás de la so prosa de brillantez cegaora, tenía una dicción canalla y arrabalera qu’enganchaba. Pero pa min ye un autor del que disfrutar a sorbiatos pequeños, un paparáu grande yá m’empalaga.

  4. joseluisrendueles

    Si señor, d’alcuerdu col diagnósticu, pero asina pasa colos bonos llicores, que los hai que tomar en chupito.

  5. B.

    Dios, Alvite. Agora que lu mentas, fai muncho tiempo que nun lleo nin oigo nada suyo…

  6. traxedomingu

    Lleéi LA RAZON, periódicu sensatu como él solu.

  7. luismi

    donde anda el personal? Alvite ha vuelto. en la opinion coruña y el faro de vigo. arriba peña!

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